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El Castillo De Las Hechiceras II La Fragua: El Temple Al Rojo Vivo Por un largo pasillo la joven camina con paso veloz, tras de ella se tensa la cadena que lleva aferrada de la mano. Del otro extremo de la cadena el pobre esclavo se esfuerza en avanzar tan rápido como sus grilletes se lo permiten. Su pene y testículos están hinchados y amoratados, las anillas de metal los estrangulan, la cadena que los conecta y cuyo otro extremo afianza la muchacha con la mano, funciona como una correa de sádica perfección. Entre las silenciosas tinieblas de los pasadizos sólo se escucha el resonar de las botas de cuero de la doncella sobre el suelo de piedra, unido al arrastrar de las cadenas de acero y a los gemidos y aullidos de dolor del maltratado esclavo. La joven se detiene frente a una puerta metálica de doble hoja. Con la bota empuja una de las hojas que se abre rechinando sobre sus goznes. Dentro de la habitación sólo hay una negrura total que pareciera tragarse los escasos rayos de luz que vagan en el exterior. Ella penetra, sumergiéndose en la oscuridad. El esclavo es arrastrado dolorosamente, aterrorizado ante los horrores que puedan asechar en las sombras. Ya adentro le es imposible distinguir algo, todo es negro, profundidad oscura. Por un momento la tensión de la cadena se afloja, el alivio es reconfortante para sus doloridos testículos y su pene. La puerta se cierra de golpe y por unos instantes todo queda sumido en un sepulcral silencio. Unos segundos después la calma se rompe con un sonido metálico, la joven ha levantado la tapa circular de una trampa practicada en el piso, una luz rojiza de variantes tonalidades emerge del pozo. La misteriosa luz se proyecta en un cono preciso, recortado entre el fondo negro, y que de extraña manera es incapaz de iluminar a su alrededor, la luz es visible pero afuera parece no incidir sobre ningún objeto reflectante, la oscuridad la absorbe por completo. La cadena se tensa de nuevo, tan de improviso que arranca un bestial alarido de dolor al esclavo, el cual es obligado a arrastrarse hasta el borde el pozo, observa hacia abajo unas escaleras de piedra que van girando sobre sí mismas en forma de caracol, del indistinguible fondo emerge una corriente de aire caliente, en ese momento el talón de la bota del ama choca con tremenda fuerza entre los omoplatos de la espalda del hombre. El empuje de la patada lo precipita escaleras abajo. Durante largo rato todo es confuso para el pobre prisionero, rodar y rodar, su cuerpo golpeando las aristas afiladas de los empinados escalones de dura piedra. Y desde arriba descendiendo junto a él, la maléfica risa cristalina, de sádica belleza que lacera los tímpanos. Se detiene por fin al pie de la escalera, frente a él hay un monstruo, un dragón que exhala un ardiente aliento y junto a él una diosa…, entonces pierde el conocimiento. Abre los ojos despacio, está volviendo en sí. Se da cuenta de que está viendo al techo, está acostado sobre una mesa de madera, una especie de potro de tortura. Sus brazos y piernas extendidos en forma de equis, las muñecas y tobillos sujetos con grilletes. Mueve su cabeza tratando de inclinarla hacia delante. Los testículos todavía le duelen y aún se hallan aprisionados por las anillas de metal, el pene se ha desinflado, no obstante el aro que le colocaron en la base le queda ajustado, razón por la cual las erecciones le resultan tan dolorosas. Al menos la temperatura del salón es reconfortante, tibia y caldeada. En la pared frente al prisionero se halla un horno de piedra labrado en la forma del rostro de un dragón con sus fauces abiertas. Dentro de la boca del pozo arden brazas encendidas, el humo sube por una chimenea de piedra que semeja el cuerpo del dragón y que se pierde hacia arriba en dirección al techo y subiendo por las habitaciones superiores. El tiempo pasa con lentitud, el único sonido es el crepitar del fuego en la boca del horno. Después de un tiempo interminable escucha pasos que se acercan a él. Alguien se acerca al horno, es la diosa que había visto al caer. Ella lleva un pantalón ajustado de cuero negro y botas. Está desnuda de la cintura hacia arriba, a excepción de un corpiño hecho por entero de metal con dos puntas afiladas sobresaliendo de los senos. Su rostro va cubierto por una hermosa máscara de plata brillante y el cabello rubio lo lleva recogido en una trenza larga. Tiene la piel muy bronceada, sus hombros y brazos al desnudo son atléticos, así como su abdomen estrecho y de músculos definidos. La mujer lleva gruesos guantes cortos hechos de piel. Ella remueve unos atizadores largos que tienen un extremo dentro de las brazas y el otro apoyado a la orilla de la boca del pozo. Unos dedos enguantados presionan la frente del prisionero haciendo que la parte posterior de su cabeza golpee contra la superficie de madera. Ella está detrás de él, la chica pálida vestida de cuero, de cabello negro y labios rojizos, con sus penetrantes ojos de hielo azul observándolo con maldad. La enmascarada se aproxima portando un atizador en la mano, el extremo libre brilla al rojo vivo. La otra mujer le coloca a fuerza un bozal metálico en la boca ajustándolo con apretadas correas de cuero. La enmascarada acerca el extremo ardiente del atizador al rostro del esclavo descompuesto por el terror. En la punta lleva un disco de metal como un sello invertido, brillando en rojo intenso y naranja. La perversa le coloca el disco a escasos milímetros de la piel, haciéndole sentir el calor del metal incandescente. El disco es deslizado sobre su piel sin tocarla, descendiendo hasta el pecho, ahí sobre el externón se lo hunden brutalmente. El esclavo intenta sacudirse pero las cadenas le impiden el menor movimiento, la carne en contacto con el sello al rojo vivo se quema despidiendo vapor. Gruesas lágrimas corren por las mejillas del prisionero. Observa el rostro de su castigadora: la expresión de la fría máscara de plata es dura e indiferente, los ojos están cubiertos por gemas de diabólico brillo, grises e inanimadas. Las lenguas de fuego del horno se reflejan en la pulida máscara, confiriéndole un aire más aterrador. Una vez que se ha enfriado, la torturadora retira el atizador y se aleja. La chica de los ojos de hielo azul, que lo mantiene sujetado de la cabeza, se la inclina hacia delante para mostrar al esclavo el grabado que ha sido marcado con hierro al rojo vivo sobre su piel. En el centro del pecho aparece un círculo, y dentro una serpiente bicéfala, entrelazadas, cada cabeza viendo a la otra frente a frente. La chica tira de nuevo hacia atrás golpeándolo contra la madera de la mesa de tortura. Una mano a cada lado de su cabeza, los dedos enguantados sobre su piel perlada de sudor, todo el cuerpo desnudo del prisionero está bañado de sudor, está deshidratándose. Los perversos ojos azules lo observan desde lo alto, inmisericordes ante un sufrimiento del cual gozan con sádico deleite. La joven le remueve el bozal de la boca desabrochando las correas de cuero y retirando el aparato. La boca y lengua del esclavo están resecas como arenas del desierto, los labios agrietados y secos; los ojos vidriosos imploran una gota de agua. La jovencita inclina su rostro sobre el del esclavo, muy cerca, tanto que él puede sentir el aroma de ella, es un jardín de crisantemos, como un altar fúnebre en donde se marchitan flores blancas; dulce, muy dulce, pero maldito. Él observa como ella avanza desde atrás, como pasan sobre él los rojizos labios, sin hacer contacto, siente sobre su rostro el aliento de ella. Se detiene sobre él, sus ojos quedan bajo su fino cuello, de piel blanca como nieve, los labios de ella sobre los labios de él, rostro sobre rostro en forma invertida. Ahora los dedos enguantados en cuero negro se introducen como garfios en la boca del prisionero, se la abren, casi al punto de desencajarle la mandíbula. Son dedos finos y largos; pero poderosos. Penetran profundamente dentro de su garganta. Los labios encarnados de la joven se entreabren. Poco a poco empieza a segregar saliva que va acopiándose en su boca. Forma un grueso goterón de baba que sale de su boca y va descendiendo unido a un hilo de saliva pendiente de sus labios rojos. El escupitajo desciende sobre la reseca lengua del prisionero. La bruja pálida suelta al prisionero, éste saborea con fruición el espumarajo que apacienta su sed. Es reconfortante, como un dulce licor, en su situación es lo más semejante a un acto de piedad que pueda recibir. La chica de piel canela y máscara de plata se aproxima de nuevo. Trae unas pinzas metálicas de cocodrilo que sujeta a los pezones del prisionero. Agudos gritos de dolor inundan el recinto mientras la pálida hechicera abofetea el rostro del sufriente hombre. Las pinzas arden y queman, han estado puestas al fuego durante largo rato. Le colocan una mordaza de nuevo, de forma forzada; y a continuación una venda de gruesa tela negra que le sujetan alrededor de los ojos impidiéndole ver. Ambas mujeres se alejan. Momentos después el prisionero siente como nuevas pinzas se clavan en su piel, mordiéndola con sus dientes de acero al rojo vivo. Unas pinzas le son sujetadas en los alrededores de los pezones, un par de ellas afianzan la piel de cada uno de los testículos, otro más en el prepucio y otro en el glande del pene. Continúan con sus muslos, siguen con su abdomen y brazos. Las perversas mujeres no paran de sacar pinzas del fuego y apresar con ellas la piel de su indefenso prisionero. No hay manera de saber si existe un límite a la maldad de las sádicas castigadoras. Los gritos del prisionero sofocados por la mordaza se confunden con el crepitar del fuego en las fauces del dragón de piedra. Para el esclavo los verdaderos tormentos aún no han iniciado. |
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